Sadio Garavini di Turno
Hace cuatro años, Rusia, una potencia nuclear, país fundador de la ONU y uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, utiliza la fuerza militar para ocupar un vecino, violando burdamente la Carta de las Naciones Unidas, la integridad territorial y la soberanía de un país reconocido internacionalmente. Con la invasión a Ucrania, Rusia rompe una de las reglas fundamentales del llamado orden liberal mundial: las fronteras internacionalmente reconocidas no pueden ser modificadas por la fuerza militar.
La invasión de Ucrania abrió la puerta a un nuevo mundo mucho más peligroso. “Might is right”, el derecho lo define el poder. Putin, al invadir masivamente Ucrania, desde el norte, el este y el sur demostró que su objetivo era el cambio de régimen en Ucrania y, por tanto, la instalación de un gobierno “títere”, con un “Quisling” en la presidencia.
Así lo demuestra la ridícula afirmación, verdadero insulto a la inteligencia, que Rusia quería “desnazificar” a un gobierno ucraniano, presidido por un judío. En el cálculo de Putin, la invasión iba a ser un “blitzkrieg” de pocos días, las fuerzas armadas ucranianas se derrumbarían rápidamente, Zelensky y sus ministros huirían al exilio y la resistencia acabaría rápidamente. Obviamente, Putin hizo un mal cálculo. La guerra, después de 4 años, se ha básicamente estabilizado territorialmente en el medio de la región del Donbas. Sin embargo, hay que entender que el potencial militar de Rusia sigue siendo superior y sobre todo que, para Putin, una clara derrota militar significaría muy probablemente la pérdida del poder.
La recuperación total, por parte de Ucrania, de su territorio, incluyendo no solo el invadido desde el 2022, sino el ocupado desde el 2014, es militarmente muy difícil y “existencialmente” inaceptable para Putin. Por tanto, a menos que Putin sea de alguna forma “excluido” del poder, este objetivo máximo de Ucrania es realistamente poco probable. Además, hay que tomar en cuenta que el territorio de la Ucrania moderna está formado, en su parte occidental, por territorios que fueron polacos antes de la Segunda Guerra Mundial y en su parte oriental por territorios que fueron de la extinta URSS y antes del Imperio Zarista.
En efecto, en el Donbas y sobre todo en Crimea, una buena parte de la población habla ruso y se considera rusa. Crimea, en particular sólo ha sido parte de Ucrania desde 1956, cuando el ucraniano Kruschev decidió transferirle ese territorio. Pero, en ese entonces, fue una transferencia interna dentro del territorio de la URSS. Además, habría que recordar que en Crimea está, desde la época zarista, en Sebastopol, la principal base naval de la flota rusa.
No olvidemos también que, para Rusia, la Guerra Fría terminó con una verdadera catástrofe geopolítica. Perdió, sin disparar un tiro, todo lo conquistado desde Pedro el Grande, Catalina la Grande y Stalin. Los rusos tampoco olvidan que sufrieron, desde occidente, la invasión de Suecia en el 700, la de Francia en el 800 y, dos veces en el 900, de Alemania. Para Rusia la “profundidad geográfica” de su territorio ha sido fundamental en su defensa frente a los ataques desde occidente y Kiev está a sólo 800 km de Moscú.
Es comprensible que, para Rusia, la posibilidad de que Ucrania ingresara a la OTAN, fuera vista como una amenaza grave a su seguridad. Sin embargo, Rusia hubiese podido fácilmente impedir el ingreso de Ucrania a la OTAN, con la simple amenaza y el ejercicio de una diplomacia coercitiva inteligente. Siendo realista, en este nuevo mundo, la paz en Ucrania pasa por la aceptación de que Crimea y parte de las regiones orientales de Ucrania sean cedidas a Rusia, a cambio de sólidas garantías de seguridad para Ucrania, dadas por una Europa rearmada y algún tipo de “back up” norteamericano.
@sadiocaracas