HUMANISMO CRISTIANO Y TRANSICIÓN
Marcos Villasmil
Hablar de una transición política es, en esencia, hablar de un «puente» entre un sistema agotado y uno nuevo que busca legitimidad. No es solo un cambio de nombres en el poder, sino una transformación ética, política, cultural, económica, de las reglas del juego.
Como bien destaca Manuel Felipe Sierra, en entrevista hecha por Macky Arenas para este número de “Encuentro Humanista”, las transiciones “ni se decretan ni se programan”. “Algunos piensan que es un cambio de gobierno, que es otra cosa. Una transición es cuando un modelo se desplaza hacia otro, lo cual puede ser un proceso traumático. En las transiciones existe un acuerdo, no explícito, entre el factor que va a ser sustituido y el que viene. El que será sustituido da signos de agotamiento y ello facilita el paso hacia otro modelo.”
¿Cómo debe ser una transición según los principios del humanismo cristiano?
Desde la óptica del humanismo cristiano, una transición política no es simplemente un cambio de estructura administrativa, sino un proceso de regeneración moral y social. Se basa en la idea central, de que lo fundamental de la política no es el poder por el poder, sino ponerlo al servicio de la persona humana.
Bajo esta filosofía (claramente influenciada por pensadores como Jacques Maritain, o la Doctrina Social de la Iglesia), una transición debería guiarse por estos principios fundamentales:
- El Respeto a la Dignidad de la Persona
Es el principio rector. Cualquier cambio político debe garantizar que el individuo no sea utilizado como un medio para un fin (el Estado, el Caudillo o el Partido), sino como el fin último de la política.
En el caso venezolano, debería implicar la liberación -que no simple excarcelación- de todos los presos políticos. Ello es una condición esencial, no negociable.
Igualmente, la transición debe restaurar inmediatamente las libertades fundamentales (expresión, culto, asociación).
Debe rechazarse la deshumanización del adversario político. Incluso los que dejan el poder poseen una dignidad que el nuevo sistema debe respetar mediante el debido proceso.
- El Bien Común como Objetivo
La transición debe servir para crear nuevas condiciones sociales que permitan a todos los ciudadanos alcanzar su pleno desarrollo. La situación sigue siendo muy dramática para la mayoría de la población.
- Subsidiariedad y Participación
El Estado no debe absorberlo todo. Una transición humanista impulsa el protagonismo a la sociedad.
Ello implica incentivar el rol de sindicatos, asociaciones, iglesias y universidades. La sociedad civil, en todas sus plurales expresiones debe adquirir cada vez un mayor protagonismo.
Debemos volver a reforzar una clara política de descentralización; el poder debe estar lo más cerca posible del ciudadano para evitar el autoritarismo.
- La Solidaridad
En tiempos de cambio, los más vulnerables suelen sufrir más la inestabilidad. Toda la sociedad debe volcarse en la ayuda a los más necesitados y empobrecidos. Es una evidente opción por los pobres: La transición debe ir acompañada de políticas sociales que protejan a quienes han sido marginados por el sistema anterior o por la crisis del cambio.
No hay paz política sin justicia social.
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Para que todo este proceso sea exitoso y no desemboque en un ciclo de inestabilidad, existen asimismo ciertos pilares decisorios no negociables:
- a)Es esencial el fortalecimiento de la Institucionalidad a todos los niveles.
Una transición depende de que el poder deje de residir en una persona, o personas, y pase a residir en las leyes.
Asimismo, que haya una real independencia de poderes Especialmente un sistema judicial que no actúe como brazo ejecutor del gobierno de turno.
Es evidente que se necesita una clara reforma electoral: Un árbitro imparcial que garantice que los votos cuenten y se cuenten bien. De todos los venezolanos, dentro y fuera del país con una hoja de ruta clara: Un calendario electoral y metas definidas.
b) Se requiere también que retorne la neutralidad y el apoyo a todo el proceso transicional de las Fuerzas Armadas.
Sometimiento al poder civil: La transición requiere que el estamento militar acepte su rol constitucional y no intervenga en la política partidista. ¿Cómo será la transición para los actuales mandos militares?
Ello es así, porque históricamente el rol de los militares es el “fiel de la balanza”.
c) Justicia Transicional:
Este es el equilibrio más delicado: ¿Cómo castigar los abusos del pasado sin dinamitar la paz del futuro?
Ello implica hacer un justo reconocimiento a las víctimas del régimen anterior.
d) Reconocimiento y Apoyo Internacional
En un mundo globalizado, ninguna transición ocurre en el vacío.
Se requiere de una clara legitimidad externa, el reconocimiento de organismos internacionales y países clave; asimismo un claro Soporte económico: Ayuda financiera para estabilizar la economía durante el cambio.
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¿Qué peligros deben evitarse?
Esencialmente destaquemos estos tres:
– El Gatopardismo: Cambiar todo para que nada cambie (mismas figuras con distintos uniformes).
-Un vacío de poder: Si el Estado colapsa antes de que el nuevo sistema esté listo, surge el caos o el crimen organizado. Esto parece que está claro para todos los actores, externos e internos.
-Expectativas irreales: Creer que la economía mejorará mágicamente al día siguiente de la transición.
Finalmente, el proceso tendrá éxito en la medida en que se combinen los valores y principios humanistas con las políticas públicas necesarias.
Nada de pragmatismos sin referencia ética o moral, nada de reacomodos sin respeto a la constitución, a los principios en instituciones republicanas y democráticas.
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Queremos culminar este editorial con un mensaje de despedida -extractos del mensaje publicado en América 2.1, página que él
cofundara– a un humanista cristiano cubano, quien dedicó su vida a la lucha por la libertad de Cuba: Marcelino Miyares.
Marcelino fue un ser humano excepcional, profundamente empático, con una vida llena de gozos y de logros, de amistades abundantes y perennes, y de una hermosa familia en la que sobresale su amor por Lourdes, infatigablemente a su lado desde hace muchos años, compañera siempre abnegada.
Constante practicante de una visión «arendtiana» de la política, la entendía, al igual que la filósofa política alemana, como un espacio público de libertad, pluralidad y acción, donde seres diversos se reúnen para hablar y actuar juntos. Por ello, sobresalió como constructor permanente de proyectos que llevaban a la convivencia, al encuentro, a la unidad respetuosa de la diversidad de opiniones y visiones. Siempre fiel a los principios y valores que adoptó desde su juventud.
Marcelino fue -recordando a un gran poeta español, Antonio Machado- “en el buen sentido de la palabra, bueno”.
Paz a sus restos.
Manuel Felipe Sierra: “Las transiciones no se decretan ni se programan”
Macky Arenas
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