ALFREDO INFANTE, S. J.

Sacerdote jesuita, educador, experto en DDHH, Derecho Humanitario y Migración. Coordina el área de DDHH de la Fundación Centro Gumilla y dirige el Centro Arquidiocesano Monseñor Arias Blan

NOTA ORIGINALMENTE PUBLICADA EN «REPORTE CATÓLICO LAICO»

Recientemente la opinión pública nacional e internacional fue testigo de dos hechos emblemáticos que atentan contra la vida y la libertad de la persona humana, ambos vinculados a modelos fundamentalistas y al fanatismo religioso. En primer lugar, me refiero al caso de Mahsa Amin, una mujer joven, de 22 años, que «murió días después de ser arrestada por la apodada ‘policía de la moral’ de Irán por, presuntamente, no cumplir con las estrictas reglas sobre el uso del velo».1

En segundo lugar, lo ocurrido en La Grita, en el municipio Jáuregui del estado Táchira, Venezuela, donde durante 21 días estuvieron desaparecidas 16 personas, entre ellas seis menores de edad -uno de un mes de nacido-, quienes se internaron en el páramo La Negra, a 3.000 metros sobre el nivel del mar y a temperaturas de cero grados centígrados, influenciados por Rosa García Morales, de 58 años, «una mujer que asegura haber hablado con la Virgen y predecir la fecha del ‘fin del mundo’».2

De igual modo, secularmente, la democracia está en crisis y hay una avanzada de modelos autocráticos y totalitarios a nivel global. Ante ello vale preguntarse: ¿por qué en pleno siglo XXI, justo cuando la humanidad ha alcanzado una mayor conciencia universal sobre los derechos humanos, se han incrementado en el mundo los sistemas autocráticos, los fanatismos y los Estados integristas?

La sociedad civil organizada, a nivel global y en cada país, viene trabajando por la defensa de la democracia y el Estado de derecho, pero tal misión se ve contrastada por el resurgimiento del militarismo con vocación totalitaria y, también, por los Estados integristas teocráticos.

De igual modo, en el ámbito de la experiencia religiosa, se evidencia una polarización entre un resurgir de los fanatismos y fundamentalismos y, por otro lado, un movimiento espiritual inclusivo que busca dialogar y responder a los grandes desafíos del mundo.

En cuanto al avance de los regímenes autocráticos, en contraposición al perfectible modelo democrático y a la gigantesca lucha de la sociedad civil por la defensa de los derechos humanos, todo indica que la expansión comercial china va acompañada de una agenda programática favorable a la instalación -en unos casos- o el reforzamiento -en otros- de sistemas políticos totalitarios.

En Venezuela, por ejemplo, como lo ha venido evidenciando, desde hace años, el líder sindical petrolero Iván Freites (hoy en el exilio), a quien parafraseo, «el desmantelamiento de sindicatos, gremios, y el acoso y persecución a las organizaciones de la sociedad civil, más la instalación de un régimen autocrático, son parte de las condiciones de la hermética agenda china»; tal agenda coincide con los intereses de la coalición dominante, instalada en el poder, y de sectores económicos acomodaticios. A esto hay que añadir las estrechas relaciones con Rusia, Bielorrusia e Irán que, sin duda alguna, deben venir acompañadas de condicionamientos político- estructurales en esta dirección.

Ahora bien. ¿Por qué, además de la expansión de los modelos autocráticos, en lo religioso hay un resurgir de los fanatismos, fundamentalismos e integrismos? El despliegue de la «sociedad del conocimiento» caracterizada por los avances tecnológicos, científicos, informáticos y con mayor conciencia de derechos de las minorías históricamente excluidas, nos ha introducido en una nueva época, otro giro copernicano, que ha desbaratado los paradigmas vigentes, generando gran incertidumbre existencial, política, social y religiosa.

La novedad y la incertidumbre atizan, en muchos, los miedos y las inseguridades y, por tanto, surge la necesidad de asirse a propuestas que den cierta seguridad y estabilidad emocional.

Para muchos creyentes, el fundamentalismo religioso ofrece esas certezas doctrinales como brújula para navegar en el mar de la incertidumbre, pero se trata de verdades cerradas y descontextualizadas que, por lo regular, son acogidas por personas vulnerables, psicológicamente rígidas y extremadamente escrupulosas, dando pie al fanatismo; esta combinación de fundamentalismo y fanatismo, en ocasiones, se convierte en movimiento político, toma el poder e instaura un Estado integrista, capaz de matar en nombre de Dios, como fue el caso del asesinato de la joven Mahsa Amin, en Irán, a quien atacaron por no llevar bien el velo. Y cuando el fanatismo está circunscrito a pequeños grupos, ocurren hechos como el de La Grita, donde un grupo de personas vulnerables son manipuladas por una líder carismática que le roba la libertad de conciencia.

El papa Francisco, en su discurso final en el Congreso de Líderes de Religiones Mundiales celebrado en Kazajistán, afirmó: «el extremismo, el radicalismo, el terrorismo y cualquier otro incentivo al odio, la hostilidad, la violencia y la guerra, cualquiera que sea la motivación u objetivo que se propongan, nada tienen que ver con el auténtico espíritu religioso y debe ser rechazado en los términos más contundentes posibles».3

El gran desafío de nuestro tiempo es la apuesta por el diálogo fecundo, la participación y el reconocimiento para superar, con espíritu fraternal, las autocracias totalitarias y el integrismo religioso basado en el fundamentalismo.

1 https://www.google.com/amp/s/www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-62935533.amp
2 https://www.laprensalara.com.ve/nota/51734/2022/09/religiosos–mala-interpretacion-de-libros-biblicos-da-pie-a-sectas
3 https://aica.org/noticia-el-papa-la-libertad-religiosa-no-es-un-concepto-abstracto-sino-un-derecho-concreto