Iñaki Anasagasti

Milos Alcalay, que es un palo de hombre y a quien conozco desde siempre, me pide una opinión sobre lo que está ocurriendo en Venezuela, y si el proceso tiene alguna similitud con lo ocurrido en España tras la muerte de Franco en su cama el 20 de noviembre de 1975. Le acepto el reto tras escuchar algunas opiniones algo simples de gentes que opinan sin las vivencias de lo que supone en política vencer resistencias.

Previamente permítanme presentarme. Nací en Cumaná, Venezuela, donde estudié mi primaria. Mis padres eran exiliados vascos. El bachillerato lo hice en Bilbao y la universidad en la UCAB y algún semestre en la UCV.

Conozco Venezuela lo suficiente para tener algún criterio, pues lo he visitado continuamente, hasta que el madurismo, en los últimos años me prohibió hacerlo. He sido jefe de mi grupo parlamentario en Madrid en el Congreso, durante 18 años, y secretario primero del Senado, así como presidente de la Comisión de Asuntos Iberoamericanos, así como miembro del Intergrupo que viajó dos veces como Observador a las farsas electorales que organizaba el chavismo. He sido un continuo crítico de la política del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, que nombró como embajador en Caracas al hoy condenado por corrupción Raúl Morodo. Un siniestro personaje que le abrió las puertas al ex presidente, al que harían bien los dirigentes de la transición venezolana en decirle: “Zapatero, quita tus sucias manos de Venezuela y no vuelvas más”. Lo digo con conocimiento de causa.

Coincido con los análisis del ex presidente Felipe González sobre Venezuela, los que apoyo, y discrepo beligerantemente de la actitud del gobierno de Pedro Sánchez con Venezuela a cuenta de Zapatero, como en su día del nefasto apoyo de Podemos a su gobierno. Gracias a que el PNV apoyó una iniciativa del PP en el Congreso en septiembre de 2024 para el reconocimiento de la victoria del presidente Edmundo González Urrutia, ésta pudo aprobarse en la Cámara.

He conocido a los ex presidentes Caldera, Lusinchi, Herrera Campíns y Carlos Andrés Pérez, así como a Hugo Chávez y Maduro, al haber pertenecido treinta años a la Comisión de Asuntos Exteriores de las Cortes española. Conozco asimismo a Maria Corina Machado, López, Capriles, Ecarri, Trincado, Aveledo, Rodríguez Iturbe, Alvarado, Otero, Tintori, Ledezma, Puente, Martínez, Borges, Carratú, Fernández, Ramos Allup, Arria,  y al vasco P. Luis Ugalde,  así como a muchos de los protagonistas actuales. En 2015, como miembro de una delegación del Senado español vistamos al alcalde Ledezma en su arresto domiciliario, pero no pudimos hacerlo en Ramo Verde con Leopoldo López y en el Helicoide con el alcalde de San Cristóbal Daniel Ceballos; finalmente, sé distinguir un plátano de un cambur, una arrechera de una bronca y un bochinche de una revolución.

Aprendí algo de política en las campañas electorales de la época entre Acción Democrática y Copei, el MAS y URD, la Causa R, y los partidos de Burelli, Dáger, Prieto, Villalba y hasta el de Borregales, pero había algo que me irritaba profundamente de la política venezolana y que sigue sin corregirse, donde anida el huevo de la serpiente, y que no es más que todos los venezolanos, desde que nacen, quieren ser presidentes. Unos por vocación, otros por interés, pero la evidencia es que se trata de un derroche inmenso de energías en el debate nominal diario, animado por los medios, en lugar de que se debata y en serio sobre sanidad, educación, cultura, defensa, asuntos exteriores, distribución del poder, diversificación de la economía, política internacional, así como descentralizar y regionalizar en serio el país.

Un debate interesante sería discutir una nueva Constitución y pasar de un sistema fuertemente presidencial a uno parlamentario con más debate sobre todo lo que interesa y evitar las reelecciones. Cinco años y una sola reelección y cerrar el ciclo personal para oxigenar el sistema. Eso sí, también es fundamental fortalecer a los partidos políticos huyendo del fulanismo. Una democracia la vertebran los partidos, no las personalidades.

En España se venía de cuarenta años de dictadura, dictadura nacida tras una muy cruel guerra civil (36-39) con apoyo del nazifascismo. Franco pudo continuar porque a los aliados les interesó más una dictadura de derecha dura en España que una República conflictiva, y eso costó represión, cárcel y asesinatos de tal manera que el ejemplo de aquella República enfrentada sirvió para que los maximalismos del pasado dieran paso a la política y al gradualismo superando el estéril debate sobre ruptura o reforma.

Y una diferencia sustancial: Venezuela ha sido maltratada 26 años por un desgobierno de falsa izquierda, algo contrario a lo sucedido en España. También es cierto que el contexto europeo ayudó a nuestra transición. La Europa democrática trabajaba en su unión política y monetaria y España y Portugal eran anomalías a resolver. Recuerdo haber estado en Alemania, con un grupo de jóvenes, en la Fundación Konrad Adenauer, donde nos plantearon los rudimentos de un sistema democrático, ante la “Revolución de los Claveles” que había triunfado en Portugal y que les preocupaba. Veían el peligro que dicha revolución podía suponer. Curiosamente en esos cursos me encontré con los creativos de la campaña del Cambio del presidente Caldera. Y hablando de contextos, desconozco qué va a ocurrir en Colombia, pero lo que suceda electoramente en dicho país vecino es fundamental para Venezuela. No es lo mismo tener en el Palacio de Nariño a Iván Duque que a Gustavo Petro.

Me parece insólito lo que está ocurriendo con la situación de los presos, que ahora sí son políticos. Si fueron encarcelados sin juicio, sin pruebas y con base en la arbitrariedad de una justicia como correa de transmisión de la represión, con el mismo criterio de la puerta abierta para entrar debería haber servido para exigir la puerta abierta para salir, y que sus víctimas queden sin ningún antecedente penal sobre imaginarios delitos no cometidos. En España hubo un indulto general a la semana de la muerte del dictador, pero el grueso se dejó a una ley que se aprobó en el Congreso año y medio después que vació las cárceles y supuso una muy injusta ley de punto final que incluía a los verdugos y a los responsables de horribles crímenes. Fue el pago de un equilibrio entre mundos enfrentados, entre dos debilidades que no se podían imponer una sobre la otra.

La transición española en sus inicios contó con dos figuras sustanciales. Y no veo a Delcy Rodríguez en el papel de Suárez. ¿O sí?  La del Rey Juan Carlos, figura que no existe en Venezuela como árbitro y moderador  y cuyo mérito fundamental fue dejar el inmenso poder que le dejó el general, para convertirse en una mera figura simbólica a pesar del “atado y bien atado” de la herencia franquista y la de Adolfo Suarez, nada menos que el Secretario General del Movimiento, el partido de Franco. Sin él, todo hubiera sido más difícil. Sin práctica democrática alguna, con el apoyo del Rey que tenía todo el poder militar y policial, y solo con su olfato y las indicaciones del presidente de las Cortes Torcuato Fernández Miranda que veía que no se podía mantener en Europa una dictadura, se dieron aquellos primeros pasos que día  a día fueron consolidando el proceso tras aquellas primeras y decisivas elecciones parlamentaria de 1977.

El Rey tuvo ese papel fundamental hasta las primeras elecciones democráticas en junio de 1977 ganadas por la UCD de Adolfo Suarez, con todos los partidos compitiendo a pesar de que los militares no querían al Partido Comunista en liza. Esa fue una gran y arriesgada decisión de Suárez. Dar la oportunidad a todas las opciones. El ciudadano ha de ser el juez y no ningún general. Esta idea es clave.

Posteriormente el rey, privado de poder ejecutivo, frivolizó con los generales al existir una violencia continua del grupo terrorista vasco ETA, y con su falta de criterio y de cultura democrática propició el golpe de Estado de los militares conocido como el 23 de febrero (el 23F) de 1981. La democracia se salvó de milagro y ahí sí tuvo un papel fundamental Juan Carlos I tras haber alentado el golpe, pidiendo esa noche a los militares que volvieran a los cuarteles.

También es cierto que en los primeros años de la transición pesaba mucho el recuerdo de la guerra y la dictadura, y se buscaba la homologación de hacer política como se hacía en Europa con las tres divisiones del poder definidas por Montesquieu. Con discusiones parlamentarias, con el triunfo de la mayoría y su respeto a las minorías, con la descentralización del Estado, aunque los poderes fácticos -algo que ha de ser controlado con rigor en Venezuela- impidieron la resolución del encaje de Cataluña, País Vasco y Galicia en un Estado plurinacional, gran asignatura pendiente no resuelta.

Finalmente hay dos asignaturas pendientes que Venezuela ha de tener muy en cuenta y que son, el poder de unos medios de comunicación muy poderosos, que conforman la voluntad popular, no en vano la democracia es un régimen de opinión pública, y la justicia. Digan lo que digan, la democracia no ha llegado en España a estos dos poderes fundamentales en democracia. Lo corporativo en justicia hace que la imagen de una justicia con los ojos cerrados no exista y a pesar de que el rey Juan Carlos dijo en un mensaje de Navidad que” la Justicia es igual para todos” ese aserto nunca ha sido verdad. Empezando por él mismo y sus escándalos.

Y algo fundamental y que diferencia la situación, es la de una clase media actualmente depauperada en Venezuela, en comparación con una poderosa clase media que se había ido conformando bajo la dictadura franquista a pesar de la férrea dictadura que perseguía las libertades fundamentales, pero fomentaba una economía abierta tras la autarquía vivida. Sin una poderosa clase media en Venezuela es muy difícil que la democracia se asiente y consolide, y es vital abrir la economía cuanto antes.

Finalizo este apunte. Deseo recalcar la necesidad de intensificar el aprecio de los ciudadanos por los valores profundamente arraigados en el alma del pueblo venezolano, aunque difuminados por tantos años de dictadura, como la libertad individual y colectiva que lleve a una desmasificación de la sociedad y del mundo del trabajo, de forma que se consiga recobrar el sentido de la dignidad personal y de la responsabilidad en el ejercicio de la  propia opinión y de los actos de voluntad individuales  en las decisiones políticas, sociales y culturales, a partir del deber de estar informados y de la valentía de resistir a la coacción, al miedo, a la desinformación y a la propaganda manipulada.

Sólo en esa medida podrá ser la sociedad venezolana una sociedad democrática, más allá de las tensiones de una complicada transición, tanto políticas como sindicales, en los que la desinformación, la coacción y la comodidad pueden arrastrar a un modus operandi poco ponderado o a una inhibición egoísta. Me importa Venezuela y me duele Venezuela, por lo que le deseo lo mejor.