María Alejandra Aristeguieta

Hace tres años escribí para Encuentro Humanista un artículo sobre la incursión de Rusia en Ucrania y sus implicaciones para Europa. En ese artículo planteaba algunas tendencias y escenarios que, en 2026, podemos ver con mucha más claridad. Y es que, hablar de Ucrania desde la perspectiva europea ya no implica únicamente describir una guerra ni sus devastadoras consecuencias humanas. Implica, sobre todo, comprender una transformación más profunda del sistema internacional que se ha ido gestando durante décadas y que hoy se manifiesta con mayor crudeza. Aquella sensación inicial de estupor y sorpresa, acompañada de imágenes que parecían sacadas de otro siglo, dio paso progresivamente a una suerte de adaptación psicológica, a ese entumecimiento que permite procesar lo insoportable. Cuatro años después, lo que permanece no es solo la guerra, sino la conciencia de que ésta no constituye una anomalía, sino la expresión de un cambio estructural en el orden mundial, en el que Europa todavía no encuentra su espacio.

Retrocedamos de nuevo. Durante el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, y hasta la caída del Muro de Berlín y al colapso de la Unión Soviética, Europa y Estados Unidos operaron bajo la premisa de un orden internacional relativamente estable, sustentado en normas compartidas, instituciones multilaterales, incluso durante la clara primacía estadounidense una vez finalizada la Guerra Fría. Ese momento unipolar, que se extendió aproximadamente desde los años noventa hasta mediados de la década de 2010, generó en ambos lados del Atlántico la ilusión de que la democracia se expandiría por el mundo (ciertamente ocurrió así en Europa Oriental), y con ello la historia, en su dimensión más conflictiva, había sido superada, como planteó aquel famoso ensayo de Francis Fukuyama.

Hoy podemos decir con certeza que nada más lejos de tal apreciación.

El ascenso de China como potencia económica y tecnológica, la reemergencia de Rusia como actor revisionista y expansionista, y la consolidación de potencias intermedias que han sabido capitalizar los beneficios de la globalización, han ido configurando un sistema internacional más fragmentado, menos democrático, más competitivo y menos predecible. En definitiva avanzamos hacia un mundo más violento, y menos estructurado en donde cada actor se encuentra en franca disputa con los otros para tratar de imponer su hegemonía, en el que las dinámicas de poder vuelven a ocupar un lugar central. En este contexto  resulta particularmente pertinente recordar la lectura de Henry Kissinger sobre la Paz de Westfalia como arquetipo de orden internacional: un sistema compuesto por múltiples unidades políticas, ninguna lo suficientemente poderosa como para imponerse sobre las demás, obligadas a convivir pese a sus diferencias y a buscar reglas de coexistencia que mitiguen el conflicto. Las condiciones del siglo XVII que él describe, y sobre todo, los años de conflicto previo marcados por la guerra de treinta años, encuentran hoy una resonancia inquietante.

La guerra en Ucrania debe entenderse a la luz de este retorno a lógicas más tradicionales de equilibrio de poder que existieron hasta mediados del siglo XX al igual que otras guerras más recientes, como los últimos conflictos en el Medio Oriente. Aquí no se trata únicamente de una agresión territorial, ni exclusivamente de la expresión de las ambiciones personales de Vladimir Putin ( o de Donald Trump), aunque estas sean innegables. Se trata, también, de la manifestación de una disputa más amplia sobre la configuración del orden internacional.

Más aún,  la invasión de Ucrania fue, como ya podía anticiparse hace cuatro años, la culminación de un proceso progresivo. Chechenia, Georgia, Crimea y Siria no fueron episodios aislados, sino etapas de una trayectoria coherente en la que Rusia puso a prueba, una y otra vez, los límites de la respuesta occidental. La reacción de las democracias, limitadas a declaraciones, sanciones, o advertencias, seguramente ancladas en la lógica de la Guerra Fría y la preeminencia de Occidente, resultó insuficiente para modificar ese comportamiento, alimentando la percepción de que el coste de la acción sería asumible.

La incursión de Rusia a Ucrania, entonces, marca un hito: deja al descubierto los límites del orden internacional basado en reglas que emergió tras la Segunda Guerra Mundial.

La lectura que desde Occidente se hace de este proceso no es, sin embargo, la única. Como señala el analista Igor Delanoë, desde Moscú se percibe la confrontación con Occidente como estructural y de largo plazo, independientemente de la evolución concreta de la guerra en Ucrania. Asimismo, esta confrontación se inserta en una narrativa más amplia que distingue entre “globalistas”, defensores del orden liberal internacional surgido tras la Guerra Fría, y “regionalistas”, partidarios de un sistema articulado en torno a esferas de influencia donde las grandes potencias interactúan de manera más transaccional. En esa lógica, la guerra en Ucrania no sería sino un acelerador de esa transición, y figuras como Donald Trump serían percibidas como más afines a ese rediseño del orden global.

Este punto resulta particularmente relevante porque permite salir de una lectura excesivamente centrada en individuos para situar el análisis en un plano sistémico. En el debate público europeo y estadounidense, la figura de Trump ocupa un lugar central, y no sin razón. Su estilo, abiertamente confrontacional, su desprecio por las formas diplomáticas y su aproximación transaccional a las alianzas han contribuido a erosionar la confianza entre socios históricos. Sin embargo, reducir el problema a su persona puede resultar analíticamente insuficiente.

Estados Unidos lleva años inmerso en un proceso de redefinición estratégica. La necesidad de reindustrializar su economía, de reducir los costes asociados a su papel como garante de la seguridad global y, sobre todo, de concentrar su atención en la competencia con China, son elementos que trascienden administraciones. La diferencia radica en la forma en que estas prioridades se articulan. En ese sentido, mientras que administraciones anteriores buscaron gestionar esta transición dentro de marcos institucionales, Trump introduce un factor de disrupción que altera la previsibilidad del sistema y acelera los cambios.

Es precisamente esta combinación —continuidad en los objetivos, ruptura en las formas— la que explica en buena medida la reacción europea. Anne Applebaum ha descrito con agudeza el deterioro de la confianza transatlántica y la creciente incomodidad de los aliados frente a un socio percibido como impredecible. Su análisis capta bien los efectos inmediatos de esta dinámica. No obstante, al centrarse en la dimensión coyuntural, subestima el trasfondo estructural que condiciona esas mismas conductas y apuesta por esa transición administrada que preserve la arquitectura de un sistema que, como ya se ha planteado, muestra signos claros de agotamiento.

Europa se encuentra ante su propio espejo. Durante décadas, el continente delegó en gran medida su seguridad en Estados Unidos en el marco de la OTAN. Esta dependencia no implicaba una ausencia total de capacidades, pero sí una clara asimetría en términos de responsabilidad estratégica. La guerra en Ucrania, sumada a la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense, ha obligado a los europeos a adaptarse, replantearse su posición estratégica y aumentar su gasto en defensa. Sin embargo, este proceso no está exento de tensiones. Las divergencias entre Estados miembros, sus intereses particulares (políticos y comerciales), las limitaciones presupuestarias y el impacto social de estas decisiones en un contexto de estancamiento económico y deterioro del poder adquisitivo, con las consecuentes implicaciones electorales, dificultan la construcción de una respuesta coherente.

No obstante, aunque la OTAN sigue siendo el principal marco de referencia para la seguridad europea y ha demostrado capacidad de coordinación y resiliencia, también ha puesto de relieve sus límites, particularmente su dependencia del liderazgo estadounidense y la eventual aplicación del artículo 5. Sin Estados Unidos, la OTAN continúa existiendo, pero su capacidad de disuasión se ve significativamente reducida y ya lo estamos viendo en el marco de la guerra contra Irán. Esto plantea una tensión difícil de resolver: cómo fortalecer la autonomía europea sin debilitar el vínculo transatlántico que sigue siendo, en última instancia, su principal garantía de seguridad.

La relativa ausencia de las Naciones Unidas en este conflicto no hace sino confirmar tendencias ya observadas. Es bien conocido cómo el bloqueo del Consejo de Seguridad, producto de la rivalidad entre grandes potencias, ha reducido desde hace mucho su capacidad de actuación en cuestiones de seguridad internacional. Su papel se ha desplazado hacia lo humanitario y lo normativo, ámbitos en los que sigue siendo relevante, pero que resultan insuficientes frente a conflictos de alta intensidad entre Estados. Esto se evidenció desde los inicios del conflicto, tanto en las limitaciones de las gestiones diplomáticas del Secretario General cuando fue hasta la frontera para constatar los daños ocasionados por los bombardeos, como en las dificultades para alcanzar acuerdos para exportar el trigo ucraniano a través de la iniciativa del Mar Negro, que perseguía garantizar la estabilidad de los mercados agrícolas y la seguridad alimentaria mundial durante la guerra.

Europa se enfrenta así a una encrucijada histórica. No se trata únicamente de responder a la guerra en Ucrania, sino de definir su papel en un mundo que se aleja de las certezas que marcaron las últimas décadas. La posibilidad de una mayor fragmentación interna, con Estados que adopten estrategias divergentes frente a Rusia, China o incluso Estados Unidos, no puede descartarse. Tampoco lo es la emergencia de una Europa más cohesionada en torno a una política de defensa común, aunque este escenario exige un grado de voluntad política que aún está por consolidarse. Aunado a lo que ha cristalizado en estos últimos cuatro años, debemos considerar además, que asistimos a una transformación más amplia en la concepción de la democracia cada vez más tensionada por dinámicas internas y externas que favorecen lecturas más nacionalistas y menos universalistas. Esto se evidencia particularmente –aunque no en exclusiva– en Europa, y también forma parte de ese reequilibrio global de poder en el que distintas potencias promueven modelos alternativos de organización política.

En definitiva, la guerra en Ucrania no puede entenderse únicamente como un conflicto regional ni como el resultado de decisiones individuales, por relevantes que estas sean. Es la expresión de una transición más profunda hacia un sistema internacional caracterizado por la redistribución del poder y la reemergencia de lógicas de competencia entre grandes potencias. En ese proceso, tanto Europa como Estados Unidos están adaptándose —no siempre de manera ordenada— a un nuevo equilibrio internacional. La cuestión de fondo no es si ese cambio se producirá, sino cómo se posicionarán los actores principales dentro de él.

Para Europa, en particular, la respuesta a esta pregunta definirá su relevancia en el mundo que está emergiendo.