Con dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki

Julio César Moreno León

El 6 de agosto de 1945 ocurrió la más grave y letal acción militar realizada durante la segunda guerra mundial, y el día 7 de aquel fatídico mes todos los medios de prensa del planeta anunciaban que la aviación de Estados Unidos había lanzado una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima y que aquel poderoso ataque nuclear, el primero de la historia, causaba la muerte de más de 200 mil personas.

Al describir el trágico acontecimiento sufrido por su país el gobierno japonés reconoce que “la agresión nuclear ha llevado la muerte a todos los seres vivientes de Hiroshima…las víctimas son demasiado numerosas para ser contadas”. La agencia de noticias Reuter publica la declaración de Winston Churchill, quien asegura que “la bomba atómica constituye uno de los mayores triunfos del genio humano de que se tenga conocimiento”. Afirma igualmente Churchill que “el lanzamiento de una bomba atómica sobre Hiroshima, base del ejército japonés, ha cambiado el curso del mundo”.

Grafica tomada desde el “Enola Gay” por sus tripulantes. Al fondo la explosión de la bomba atómica en Hiroshima.

Grafica tomada desde el “Enola Gay” por sus tripulantes.
Al fondo la explosión de la bomba atómica en Hiroshima.

Al describir el trágico acontecimiento sufrido por su país el gobierno japonés reconoce que “la agresión nuclear ha llevado la muerte a todos los seres vivientes de Hiroshima…las víctimas son demasiado numerosas para ser contadas”. La agencia de noticias Reuter publica la declaración de Winston Churchill, quien asegura que “la bomba atómica constituye uno de los mayores triunfos del genio humano de que se tenga conocimiento”. Afirma igualmente Churchill que “el lanzamiento de una bomba atómica sobre Hiroshima, base del ejército japones, ha cambiado el curso del mundo”.

 Un cable noticioso de la agencia UP informa que el cerebro organizador de este, “el mayor juego de la historia” fue el reputado físico de cuarenta y un años Robert Oppenheimer quien trabajó sobre este histórico proyecto militar durante dos años en un desierto de Nuevo Méjico.

 Esa misma agencia de noticias internacionales afirma que “Estados Unidos y Gran Bretaña han ganado la batalla de los laboratorios”. Y al describir las características de la poderosa bomba, la presenta como “el medio de destrucción más poderoso conocido hasta ahora, con una potencia superior a veinte mil toneladas de TNT, y dos mil veces más explosiva que la bomba británica “Grand Slam”, la más poderosa de las bombas usada en la guerra mundial.” Según esta nota informativa, ciento veinticinco mil personas trabajaron en su construcción, con un costo económico de dos mil millones de dólares.

La iglesia católica, al fijar su posición sobre el terrible acontecimiento bélico, sentencia desde las páginas de “L’osservatore Romano” lo siguiente: “nunca como ahora es necesario regresar a la solidaridad cristiana. La fuerza en vez de resolver los problemas de la humanidad está conduciendo a su aniquilamiento. Fue ese sentido el que condujo a Leonardo Da Vinci a destruir el submarino que había inventado pensando que pudiera convertirse en arma mortífera”.

Por su parte desde el crucero presidencial Augusta el presidente norteamericano Harry Truman anuncia al mundo que “los japoneses comenzaron la guerra desde el aire, se les ha pagado ya con creces, pero aún no ha llegado el fin”. Y efectivamente, el día 9 a las once de la mañana, otra bomba, 40 por ciento más potente que la anterior, es arrojada en la ciudad de Nagasaki, un importante centro industrial y puerto ubicado en la bahía del mismo nombre. Un cable de la agencia de noticias AP reproducido por el diario caraqueño Ahora, comenta ese día que esta segunda bomba fue “tan buena como la de Hiroshima”.

Una nube atómica se extiende por la ciudad sobre Nagasaki

Sobre Nagasaki, una nube atómica se extiende por la ciudad Tomado de “Noticias ONU Mirada Global Historias Humanas

Ante la evidente debacle japonesa, los rusos inician la invasión a Manchuria, mientras las grandes potencias aliadas anuncian oficialmente que las tropas de Hirohito se han rendido, y el presidente Truman les emplaza a cesar el fuego en todos los frentes.

En un acto entonces increíble y sin precedentes para una sociedad que divinizaba la condición del emperador, los japoneses escucharon por primera vez su voz a través de la radio el 14 de agosto cuando exponía a sus súbditos las razones que le llevaron a reconocer la derrota, y les decía: “confirmo vuestra lealtad al defender la estructura del Imperio y me siento unido a vosotros, mis buenos y leales súbditos.

Por eso, os exijo que evitéis cualquier explosión de emociones que pueda desencadenar complicaciones innecesarias, o enfrentamientos que puedan desuniros, causando desorden y conduciéndoos por un camino equivocado que haría al mundo perder la confianza en vosotros”.

El viernes 2 de septiembre, a bordo del acorazado Missouri, los representantes del Emperador Hirohito y los jefes militares de los países aliados encabezados por el general Douglas MacArthur firman las condiciones impuestas a Japón luego de lograr la rendición en todos los frentes de guerra.

El reporte que de este histórico momento realiza el periodista Spencer Davis de la agencia de noticias A.P. indica: “30 minutos después de que Japón firmó la capitulación a bordo del Acorazado Missouri a las 9 .19, un convoy de 42 barcos entró en la Bahía de Tokio y comenzó a descargar tropas. Al caer la noche el VIII ejército había desembarcado 13.000 soldados, aumentando la fuerza de ocupación a más de 35.000, y tan sólo se esperaban las órdenes de MacArthur para marchar sobre Tokio”.

Como parte de las condiciones que le fueron impuestas, el Comando General Japonés ordenó la rendición inmediata de todas sus tropas, bajo la amenaza de “castigo drástico y sumario” frente a cualquier incumplimiento. La fuerza aérea japonesa deberá permanecer en tierra, y los buques mercantes y de guerra deben ser anclados. Sólo la policía podrá portar armas.

Hirohito visita a MacArthur en señal de rendición

Hirohito visita a MacArthur en señal de rendición

En un acto que expresa la sumisión incondicional de Japón, el emperador Hirohito realiza una breve visita al general Douglas MacArthur el 27 de septiembre, trasladándose a las oficinas de éste en la capital japonesa, como demostración de acatamiento a la autoridad absoluta del comandante de las fuerzas de ocupación.

Apenas tres meses después, el 21 de diciembre, la agencia AP reproduce las declaraciones de MacArthur suministradas desde Tokio en las que anuncia la consolidación de los planes para que “Japón pueda andar sólo en su camino”. Considera que “el nuevo Japón se dirige hacia el logro de un Estado sano y estable, y toca ahora a las habilidades de sus ciudadanos asimilar los cambios ordenados”. Afirma igualmente que ha sido abolido el sintoísmo, y que el nuevo régimen se regirá por los acuerdos de Potsdam, impulsando la educación y la libertad, y solventando la falta de dirigentes calificados para conducir al país.

Efectivamente, entre los temas que habían sido acordados en la conferencia realizada en la ciudad alemana de Potsdam durante el 17 de julio al 2 de agosto de 1945, los países aliados exigían la rendición incondicional japonesa, la ocupación y control militar de su territorio, la disolución de sus fuerzas armadas, la consolidación de una paz estable, el establecimiento de la democracia, los juicios por crímenes de guerra, la pérdida de Japón de todos los territorios conquistados, y la reconstrucción de la economía. De no aceptarse estas condiciones, señalaba la resolución, Japón sería objeto de una “pronta y efectiva destrucción”.

La negativa de aceptar la rendición incondicional en aquellos términos, trajo como consecuencia los inclementes bombardeos atómicos que el 6 y el 9 de agosto de 1945 arrasaron a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que causaron la muerte de cientos de miles de sus pobladores, y obligaron al hasta entonces “Gran Imperio del Japón” no sólo a rendirse, sino también a convertirse en una democracia liberal basada en una nueva Constitución que fue aprobada por los representantes elegidos en la Dieta Nacional, el 3 de mayo de 1947, y que establece una monarquía democrática y constitucional con la figura del emperador como símbolo de unidad nacional y consagra el Gobierno “como un mandato sagrado del pueblo de quien deriva su autoridad”.

La correcta visión política y estratégica de MacArthur en su pragmático manejo de la victoria aliada sobre una nación que había agredido alevosamente a los Estados Unidos en la base naval de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, le permitió conquistar a Hirohito como un aliado fundamental no sólo para consolidar la victoria militar, sino también para lograr la transformación del régimen imperial en una democracia que pasaría a ser, a partir desde entonces y hasta ahora, un amigo poderoso de los Estados Unidos.

Cómo y para que crearon la bomba atómica

La carta de Einstein y la bomba atómica

La carta de Einstein y la bomba atómica

Se atribuye a Albert Einstein la responsabilidad de haber convencido al presidente Franklin Delano Roosevelt de ordenar la fabricación de bombas atómicas antes que la Alemania Nazi lo hiciera. Efectivamente una carta fechada el 2 de agosto de 1939 firmada por Einstein le fue entregada a Roosevelt el 11 de octubre del mismo año por Alexander Sach, un prestigioso economista, banquero, empresario y catedrático nacido en Lituania, de nacionalidad americana y miembro del círculo íntimo de asesores del presidente. Luego se conoció que en la redacción de esa carta había colaborado de manera significativa Leo Szilard un físico húngaro estadounidense amigo y antiguo alumno de Einstein, y a quien se le conoce por haber concebido la reacción nuclear en cadena.

La carta fue decisiva para que Roosevelt tomara las medidas destinadas a la creación del Proyecto Manhattan que desarrolló las primeras bombas atómicas, las cuales no fueron usadas (como se había previsto) contra Alemania pues los nazis ya habían aceptado oficialmente la derrota el 7 de mayo de 1945 luego del suicidio de Hitler ocurrido el día 30 de abril del mismo año. En cambio, se lanzaron sobre territorio japonés tres meses después para acelerar la rendición incondicional que el gobierno imperial se negaba aceptar, y para dar de esa manera cumplimiento a aquella amenaza pronunciada en Potsdam de convertirlos en “objeto de una pronta y efectiva destrucción”.

El proyecto sugerido por Einstein fue manejado en estricto secreto bajo la coordinación del físico Robert Oppenheimer nacido en Nueva York el 22 de abril de 1904. Para el Proyecto Manhattan se contrataron numerosos científicos de distintos países en el afán de adelantarse a las iniciativas que en busca del mismo propósito realizaban Alemania y Rusia. El centro principal de actividades fue establecido en el Laboratorio Nacional Los Álamos en Nuevo México, el comienzo de sus tareas fue en 1942 y su culminación el 15 de agosto de 1945 cuando sus responsabilidades fueron asumidas por La Comisión de Energía Atómica 9 días después del lanzamiento de la primera bomba en Hiroshima.

La prueba exitosa de la bomba atómica ocurrió el 16 de julio de 1945 en el Campo de Pruebas de Bombardeo y Artillería de Alamogordo, situado en el desierto de Chihuahua en Nuevo México, abriendo de esa manera el camino para la realización de los ataques a Hiroshima y Nagasaki de acuerdo a lo previsto en el Proyecto Manhattan. Para ese entonces Roosevelt había muerto. Falleció el 12 de abril de 1945 víctima de una hemorragia cerebral masiva por lo que no pudo ver ni el final de la guerra contra el nazi-fascismo ni la derrota de Japón. Le correspondió al vicepresidente Harry S Truman asumir como el trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos y aplicarle el cadalso atómico al imperio nipón, poniendo punto final a la segunda guerra mundial.

Oppenheimer, Einstein y los dilemas en torno a la bomba atómica

Oppenheimer y sus dilemas

Oppenheimer y sus dilemas

Robert Oppenheimer pasó a la historia como el padre de la bomba atómica y como el científico que fortaleció a los Estados Unidos en su condición de potencia militar más importante del planeta, cuando puso punto final a la guerra mundial gracias a las dos bombas atómicas construidas bajo su dirección.

 Sin embargo, su actitud, luego de haber presenciado el estallido del primer artefacto nuclear detonado como bomba de prueba en el desierto de Alamogordo, fue caracterizada por terribles dudas morales, al constatar la capacidad destructiva sin precedentes de aquel artefacto que él había ayudado a hacer posible. Y aun cuando estuvo de acuerdo finalmente con el ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki, no ocultó la grave impresión que le causaba el drama humano de las víctimas, en su mayoría personas inocentes ajenas a la tragedia que destruía su existencia, y que arrasaba las dos ciudades utilizadas fríamente como chivos expiatorios para forzar el fin de la guerra.

Es por esas razones que Oppenheimer se mostró partidario de evitar en lo adelante lo que podía desembocar en una carrera nuclear con consecuencias impredecibles para la humanidad. En efecto, apenas cuatro años después del ataque a Hiroshima, el 29 de agosto de 1949, la Unión Soviética, bajo el férreo gobierno de Stalin, detona su primera bomba atómica con una potencia de 22 kilotones. Y el primero de noviembre de 1951 Estados Unidos responde haciendo estallar una primera bomba de hidrógeno con una potencia equivalente a más de 10 millones de TNT. Oppenheimer se opuso de manera terminante a este artefacto termonuclear por considerarlo demasiado peligroso, y porque esta competencia entre las potencias más poderosas del mundo podría desembocar en una conflagración de consecuencias fatales para la humanidad.

Similares sentimientos compartió Einstein, al constatar los efectos producidos por el estallido de estas primeras bombas nucleares, las cuales fueron construidas gracias a la carta enviada por él al presidente Roosevelt el 2 de agosto de 1939. Oppenheimer, Einstein y también Leo Szilard, el corredactor de esta histórica misiva, eran científicos de origen judío y por lo tanto estaban conscientes del peligro que significaban los intentos de la Alemania Nazi de adelantarse a Estados Unidos en la posesión de una bomba nuclear.

Pero ocurrió que cuando las bombas estuvieron listas y fueron lanzadas sobre territorio japonés, Roosevelt había muerto, Alemania se había rendido y el impacto moral de la destrucción ocasionada comenzó a gravitar en la conciencia colectiva de la humanidad.

Pasadas ocho décadas de aquel terrible suceso la amenaza atómica continúa presente, ahora con otros factores que la hacen más peligrosa al estar condicionada por fundamentalismos y liderazgos demenciales difícilmente controlables. Y por ello, ahora más que nunca están vigentes las reflexiones de la iglesia católica que hemos citado tomadas de “L´Osservatore Romano”, en las que el Vaticano llama a regresar a la solidaridad cristiana y a destruir las armas mortíferas que amenazan a la humanidad.