Ana Julia Jatar. Foto: El Dinamo

 

Presentar a Ana Julia Jatar es presentar una voz atravesada por el dolor, pero también sostenida por la dignidad, la sensibilidad y la solidaridad. Es una mujer siempre dispuesta a extender una mano amiga, a ofrecer una palabra de aliento y a dar un abrazo cuando alguien más lo necesita. Habla desde la herida íntima de una familia golpeada por la prisión política, como hermana de presos políticos, una realidad que la ha convertido en testigo directa de una injusticia que marca hogares, madres, esposas, hijos y hermanos.

Economista, escritora, periodista y activista por los derechos humanos, Ana Julia Jatar ha construido una trayectoria intelectual y pública entre la academia, el periodismo y la denuncia de los abusos de poder. De origen cubano-venezolano, es doctora en economía por la Universidad de Warwick, en el Reino Unido, y obtuvo un MBA en York University, en Canadá. También ha estado vinculada a la Escuela Kennedy de Harvard, donde fue fellow del Center for International Development y del Carr Center for Human Rights Policy.

Como hermana del periodista y abogado Braulio Jatardetenido en Venezuela en 2016, se convirtió en una de las voces familiares que denunciaron las condiciones de reclusión, el deterioro de su salud y el carácter político de su caso. Junto a su esposo, el reconocido economista venezolano Ricardo Hausmann, Ana Julia ha acompañado desde su propia trayectoria una vida vinculada al pensamiento público, la defensa democrática y la causa venezolana en el exterior. Ahora es presidenta y fundadora de Venezuelan Women in Action, organización dedicada a la defensa de los derechos de las mujeres venezolanas, y presidenta de la Venezuelan American Association of the United States.

Por encima de todo, Ana Julia Jatar representa la voz de quienes no se resignan, que ha transformado el dolor familiar en testimonio, denuncia y compromiso con la libertad.

—Usted tuvo dos hermanos presos, Braulio y Antonio. ¿Cómo se vive desde una familia esa incertidumbre permanente?

—No quiero ni acordarme de esos días… Se vive con una angustia permanente que produce una presión constante en el pecho. Cuando un ser querido está preso, la familia también queda atrapada en una cárcel sin rejas; se siente como un túnel negro sin salida. Lo más cruel de no saber es que la imaginación traicionera se encarga de llenar los silencios. Lo viví con mis hermanos Braulio y Antonio. En el caso de Antonio, el tiempo fue determinante. Mientras su enfermedad avanzaba y se veía que un tumor le crecía día a día en el pie, luchábamos para que recibiera atención médica. Logramos trasladarlo luego de meses desde el centro de reclusión a un hospital en la Isla de Margarita y después tuvimos que pedir autorización para llevarlo a Caracas, donde podía recibir atención especializada. Para entonces, su sarcoma era ya muy difícil de combatir. Perdimos a nuestro Antonio porque no tuvo la atención adecuada a tiempo. Por eso, para mí, el “no saber” no es una abstracción y para un preso enfermo, el tiempo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

—¿Qué le enseñó esa experiencia sobre el sufrimiento de las familias y sobre la forma como el Estado venezolano maneja la detención y la salud de los presos?

—Aprendí que las familias también son castigadas con la incertidumbre, la impotencia y la humillación de tener que suplicar por derechos humanos elementales. Mi hermano Braulio pasó por cuatro cárceles. Padecía hipertensión, hernias y cáncer de piel. Estuvo en aislamiento solitario, sometido a calor extremo y con un bombillo encendido las 24 horas. Perdió 30 kilos. Sufrió enormemente; nosotros, con él, y el nuestro se aumentaba el de él. Descubrí que así funciona esa doble tortura para quien está tras las rejas y sus familiares. Pero también aprendí algo sobre la condición humana. Uno de sus custodios le permitía ocasionalmente usar su teléfono para comunicarse conmigo. Años después, ese mismo hombre me llamó: quería salir de Venezuela porque temía que su familia se muriera de hambre. Me pidió ayuda y yo lo ayudé. Aprendí que incluso dentro de un sistema construido para deshumanizar, cada individuo puede decidir por sí mismo conservar su propia humanidad.

—¿Qué responsabilidad tiene el Estado cuando impide o retrasa la atención médica de un preso enfermo?

—La responsabilidad del Estado es absoluta. Cuando una persona está presa, el Estado es responsable de su vida, su integridad y su salud. El caso de Víctor Hugo Quero Navas muestra de manera terrible las consecuencias del silencio estatal. Su madre, Carmen Teresa Navas, lo buscó durante meses. Mientras recorría instituciones preguntando por su hijo, él ya había muerto bajo custodia del Estado. Una madre buscando a un hijo que ya estaba muerto mientras las instituciones guardaban silencio. ¿Puede haber una imagen más terrible? Después de los terremotos del 24 de junio, la angustia se ha multiplicado. ¿Qué siente una madre que ve temblar la tierra y no sabe dónde está su hijo preso, si la cárcel sufrió daños, si fue trasladado o si está vivo? Las tragedias naturales no suspenden los derechos humanos. Los hacen aún más urgentes.

—¿Qué significa para esas familias no tener información clara y depender de rumores o silencios oficiales en Venezuela en estos momentos?

—Para una familia, no tener información es vivir en angustia permanente. El silencio oficial no es vacío: se llena de miedo. Después de los terremotos, las familias necesitan saber dónde están los detenidos, si los centros de reclusión sufrieron daños, si hubo traslados y cuál es su estado de salud. Por eso muchos defensores de los derechos humanos estamos pidiendo una visita “in loco” de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Es inaceptable que la última visita de esta naturaleza a Venezuela, es decir, en persona, haya sido en mayo de 2002, ¡hace más de 24 años! Una visita “in loco” que es lo que pedimos, permitiría a una instancia independiente escuchar en persona a las víctimas y sus familiares y constatar directamente las condiciones de reclusión. Nuestra petición es sencilla: que abran las puertas. Quien afirma que no tiene nada que ocultar, no debería temer que el mundo vea lo que ocurre detrás de esas puertas.

—¿Por qué es urgente que una instancia internacional pueda entrar sin intervención del Gobierno para constatar la vida, la salud y las condiciones de los presos? ¿Qué garantías mínimas deberían respetarse?

—Cuando un Estado ha perdido la confianza de las familias, ya no basta con afirmar que los presos están bien. Sobre todo, después de los desgarradores casos como el de Víctor Hugo Quero Navas que acabo de mencionar. Necesitamos de una instancia independiente que entre y verifique sus condiciones de reclusión y su estado físico. Una visita con presos seleccionados, recorridos controlados y conversaciones vigiladas no es una verdadera verificación. La solución de fondo es la liberación de todos los presos políticos. Mientras permanezcan detenidos, el Estado debe informar dónde están; permitir comunicación
privada con familiares y abogados; garantizar visitas y atención médica oportuna; trasladar a hospitales a quienes lo necesiten; prohibir la tortura, el aislamiento prolongado y la incomunicación; y garantizar el debido proceso. ¡Ninguna familia debería tener que mendigar una fe de vida!

—Usted dice que Venezuela no termina en sus límites. ¿Qué papel puede desempeñar la diáspora para acompañar a los presos y a sus familias?

—Venezuela no termina en sus límites geográficos. Somos más de 9 millones de venezolanos dispersos por el mundo precisamente como consecuencia de la crisis humanitaria producida por este régimen. La diáspora puede hablar donde otros no pueden. Puede acudir a parlamentos, medios de comunicación, universidades, organizaciones de derechos humanos y gobiernos. Puede visibilizar a los presos y acompañar a sus familias. La distancia no nos exime de responsabilidad. Uno de los grandes peligros para un preso político es el olvido. Debemos mantener sus nombres y sus historias en la conversación pública. Lo digo por experiencia propia.

—¿Cómo puede una persona común sumarse concretamente a esa acción?

Muchos venezolanos quieren hacer algo, pero no saben cómo. De esa necesidad nace Un Granito de Arena, una plataforma de activismo digital basada en una idea sencilla: millones de pequeñas acciones pueden convertirse en una enorme fuerza colectiva. Actualmente promovemos una petición para exigir la visita “in loco” de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a Venezuela. Miles de venezolanos ya la han firmado y necesitamos ser muchos más. Invito a todos a visitar en Instagram @tugranitodearenahoy, firmar la petición y compartirla. No todos podemos hacer grandes cosas, pero todos podemos hacer algo.