Wolfgang Gil Lugo
“Ata tu arado a una estrella”. Ralph Waldo Emerson
Es muy conocido el caso de Viktor Frankl, el psiquiatra que fue hecho prisionero en un campo de concentración nazi por su condición de judío. Allí vivió un mundo de sufrimientos, pero logró convertir la tragedia en aprendizaje. Su ojo clínico le permitió aprovechar la ocasión. De esa manera, llegó a descubrir que tenían más posibilidad de sobrevivir aquellos que no se abandonaban, sino que se aferraban a un proyecto. Las tribulaciones se superan con esperanza.
En Venezuela, estamos en una época de tribulaciones. Lo más recomendable que es que las percibamos como dolores de parto, los cuales son propios, al decir de Hegel, de una nueva etapa histórica de la conciencia que está por emerger. Es muy probable que estemos en una situación de esa naturaleza. Si bien la oscuridad persiste y hasta ha aumentado su hostilidad, hay señales que estamos por salir del abismo. Para comprender las señales es necesario llevar a cabo algunas reflexiones hermenéuticas. Es importante revisar nuestra cultura para comprender el cuarto de siglo de populismo autoritario que ha dominado el escenario político de nuestro país. Para eso, debemos estudiar su origen para poder predecir su colapso.
Hagamos un rápido recuento histórico. Después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, un periodo desarrollista y rumbero, disfrutamos del periodo de democracia más largo en la historia republicana venezolana. Fueron cuarenta años de una civilizada alternancia política.
Como todo, la etapa democrática tuvo sus bemoles. El bipartidismo se enseñoreó del sistema. La política les dio prioridad a las luchas por el poder electoral y descuidó los grandes problemas nacionales. A esto se agregó la insurgencia de los años sesenta. Toda una generación de jóvenes brillantes cayó en la seducción de las canciones de las sirenas marxistas al ritmo del son cubano. Aunque la guerrilla fue derrotada al final, a partir de su cadáver se fue
cultivando un virus que quedó latente.
Para comprender la historia reciente, es necesario que profundicemos en algunos hechos resaltantes a partir de una hipótesis interpretativa. Nuestra hipótesis es que la democracia puntofijista sufrió una profunda crisis espiritual, la cual fue el producto de la “enfermedad holandesa”.
La crisis espiritual
¿Qué es una crisis espiritual? Es un fenómeno que tiene lugar cuando nos olvidamos que somos espíritu, es decir, cuando terminamos reduciendo nuestra identidad al cuerpo y, sobre todo, a su falsa conciencia, el ego. En otras palabras, nuestra identidad suprema es espiritual, mientras que nuestra identidad subordinada es el ego. Lo que sucede es que el siervo trata de usurpar el trono. Cuando eso sucede, se pierde la orientación existencial. Esto nos lo explica muy bien Robert Redeker, quien afirma que la cultura contemporánea ha olvidado la idea de alma. A partir de esta premisa, este autor revisa las diferentes consecuencias de este olvido. Una de las principales es la de privilegiar a la adolescencia por encima de las otras etapas de la vida. A la adolescencia, tradicionalmente, se le considera solo una estación de paso entre la infancia y la adultez. Ahora, debido a nuestra glorificación del cuerpo, se ha constituido en el modelo para toda la existencia, es decir, hemos caído en una tiranía de la juventud, lo cual trae como consecuencia a la omnipotencia de la inmadurez. De forma erudita, esto ha sido llamado Puer aeternus, es decir, el complejo de Peter Pan.
Queremos ser jóvenes perennes y, en consecuencia, despreciamos la vejez. De alguna manera, esto fue profetizado por Goethe. Su personaje Fausto, símbolo de la modernidad, vende su alma por la juventud. Por esta razón, Fausto, quien fuera un anciano sabio, comienza a actuar de forma imprudente.
Entre los desvaríos juveniles, ocupa un lugar privilegiado la rebelión metafísica. Lo cual supone la muerte de Dios. Por ejemplo, se echa por la borda el concepto de pecado original. La función de dicho pecado es convertirse en un antídoto contra la soberbia, especialmente contra las tentaciones tiránicas o totalitarias del hombre nuevo.
“Mientras fue ampliamente compartido, el pensamiento del pecado original protegía contra el totalitarismo, contra el fanatismo constructivista del hombre nuevo. Totalitarismo y prometeísmo antropológico no pueden surgir sino después de la muerte de Dios”
Robert Redeker: Egobody, p. 134.
Esto le puede suceder a una persona, pero también a un país. A los venezolanos se nos olvidó que somos algo más que cuerpos. Por eso caímos fácilmente en la tentación totalitaria.
La enfermedad holandesa
Ahora bien, ¿qué es la enfermedad holandesa? Es un fenómeno económico con nefastas consecuencias en lo político y lo social. Consiste en un país que se centra en la explotación de un recurso natural en desmedro de las otras actividades productivas. En lo político, la clase dirigente se considera dueña de los beneficios de la actividad explotadora. En lo social, se crea una odiosa diferencia entre los que disfrutan de los beneficios y los que no.
¿Cuáles han sido las consecuencias espirituales de la enfermedad holandesa en la democracia venezolana?
En primer lugar, la deformación económica. El país comenzó a girar sobre la extracción de crudo. No había motivación para la iniciativa en otro renglón productivo. Ni siquiera asociado con los productos elaborados del mismo petróleo. La clase empresarial se convirtió en parasitaria del presupuesto nacional.
En segundo lugar, la partidocracia cogollera. Tuvo lugar el fenómeno de la concentración del poder en los comités centrales de los partidos. La sociedad comenzó a vivir del Estado y no el Estado de la sociedad. Cuando el Estado es dueño del país, la sociedad civil queda disminuida ante la clase política.
En tercer lugar, el resentimiento social. Mientras se oía de grandes cantidades de dinero en manos de pocos privilegiados, la marginalidad iba en aumento. Esto es grave en un país como Venezuela, el cual tiene mucho de esta vil emoción en su genética. Ya Arturo Uslar Pietri describió este rasgo en el personaje Presentación Campos de su novela Lanzas Coloradas. Esto es un fardo pesado en el inconsciente colectivo.
La paz decadente
¿Qué forma tomó la crisis espiritual en Venezuela?
Las consecuencias de la enfermedad holandesa se convirtieron en causa importante de la crisis espiritual. El síntoma cultural más destacado fue la paz decadente. Este rasgo merece ser profundizado.
Ya los antiguos habían tomado conciencia de los peligros para el espíritu nacional de una prolongada falta de guerra. El poeta romano Juvenal, en sus Sátiras, escribió: “Padecemos los males de una larga paz”. Lo explicaba así: “Se nos ha venido encima el lujo, más corrosivo que las armas […]. Ningún crimen ni acción lujuriosa nos falta desde que la austeridad romana desapareció.” (VI, 290-295). Esto nos puede hacer sospechar que solo los antiguos exaltaban una cultura bélica.
No es así. También el muy moderno Emmanuel Kant, a pesar de su vocación pacifista, parece coincidir con Juvenal. Enumera los indeseables efectos espirituales de una condición de este tipo: «Una larga paz suele hacer dominar el mero espíritu de negocio, y con él el bajo provecho propio, la cobardía y la debilidad, rebajando el modo de pensar del pueblo». En otras palabras, se permite que prevalezca el conformismo, el interés egoísta y el hedonismo consumista.
Esto nos puede llevar a pensar que es una ley inexorable. Parece que no es así. Por ejemplo, ¿por qué Suiza ha disfrutado del pacifismo pero no ha sufrido de la degradación cultural? Para explicar eso, hay que distinguir entre la paz negativa y la paz positiva. El opuesto de la paz negativa es la ausencia de guerra. Mientras que para comprender el opuesto de la paz positiva, necesitamos conceptos que vayan más allá de los prejuicios.
Un personaje de Rent, la obra musical de Jonathan Larson, exclama: “¡Lo opuesto de la guerra no es la paz, es la creación!”. En otras palabras, para hacer frente a desafíos humanos complejos, necesitamos una manera que no sea la estrecha disyunción entre conflicto agresivo y tregua sumisa. En otras palabras, la paz positiva consiste en la creación colectiva.
Esto podría explicarse mejor en términos de Alfred North Whitehead. En la paz positiva, el proyecto nacional posee aventura civilizatoria, es decir, una finalidad trascendente. Cuando la política privilegia a la ética sobre la dominación se convierte en la Gran Política (José Antonio Marina dixit), lo cual transmuta los conflictos en colaboración, así como la reactividad en creatividad. Todo esto se traduce en crecimiento espiritual y armonía social.
En conclusión, nuestra paz decadente produjo corrupción y exclusión. El término “política” se convirtió en una mala palabra. Los jóvenes se sentían asqueados por el clima reinante. Además, parecía que estaban cerradas las puertas a la participación. El resultado fue la anti-política.
El virus mutante
La anti-política debilitó el sistema inmunológico de la democracia. Solo faltaba el detonante. Así que el virus de la guerrilla frustrada tuvo la oportunidad de atacar al organismo de la república. Para poder ser efectivo, dicho virus debió de gozar del diseño de una audaz mutación.
En los años sesenta, el presidente Rómulo Betancourt contó con la astucia de oponer a los extremistas y los militares. Ese fue el pasado éxito histórico de la democracia. Hugo Chávez logró la combinación de lo imposible. Los extremistas ahora no se consideraban enemigos de los militares, sino que encontró en los militares su primera caja de resonancia. Esto fue la gran mutación que cambió las reglas del juego. Por eso, las fuerzas democráticas tradicionales quedaron muy desconcertadas.
Este nuevo liderazgo ofreció quitarle el poder a las dirigencias que se habían adueñado de las riquezas. Complementariamente, ofreció satisfacer al ansia de resentimiento popular por medio del saqueo generalizado de las arcas nacionales. Como si fuera poco, ofreció un clima de guerra para sacudirse la excesiva paz que nos había aquejado.
El proceso de la llamada Quinta República, que por cierto tiene muy poco de espíritu republicano, estuvo caracterizado por el secuestro de la esperanza. Por Por medio de la manipulación de las pasiones políticas, se creó una falsa esperanza de justicia social.
Era falsa por dos razones. Primero, adulteraba a la justicia con revanchismo resentido. En segundo lugar, ofrecía una igualdad fraudulenta. La oferta de una igualdad para todos terminó en una diferencia absoluta entre los gobernantes y los gobernados. En resumen, degradó la aspiración legítima a un ideal trascendente en un ideal ideológico.
Por otra parte, los estrategas del régimen contaron con la suficiente astucia para lograr producir un sentimiento de derrota aprendida entre las fuerzas democráticas.
El rescate de la esperanza
El proceso histórico del auge y decadencia del Socialismo del Siglo XXI ha estado marcado por dos formas muy meridianas del Espíritu del Tiempo, el Zeitgeist. La primera fue la avalancha emocional que produjo la aparición de Hugo Chávez en la política nacional.
Chávez era como una fuerza de la naturaleza que nada podía detener. Todo intento de obstaculizar su ascenso fracasaba estrepitosamente. Más bien, esos obstáculos parecían fortalecerlo. Su gran marcha se convirtió en un salto al vacío. El país quedó convaleciente de múltiples fracturas.
Después de un cuarto de siglo de autoritarismo, totalitarismo, corrupción y crímenes contra los derechos humanos, los aires de la historia parecen cambiar de dirección. El Espíritu del Tiempo ya no nos conduce hacia el abismo. Al contrario, apunta hacia una mayor luminosidad.
Este cambio tiene una causa profunda. Al parecer hemos aprendido la lección de no ser víctimas de las pasiones políticas. Esto supone fortalecer la convicción de que la democracia es la mejor forma de gobierno. Por eso, la gran esperanza es el renacimiento de la república, que en su sentido etimológico es la cosa pública, la comunidad donde todos somos iguales ante la ley. Es muy interesante ver cómo la estrategia de María Corina Machado logra desintegrar los planes maquiavélicos del régimen. Creo que esto se puede explicar por dos razones. La primera es de orden político. Por primera vez, las fuerzas democráticas están unificadas y cuentan con un liderazgo dueño de una estrategia sólida. Anteriormente, la oposición solo era reactiva ante las tácticas del oficialismo. Siempre es mejor luchar por el bien y no contra el mal. La segunda razón es de orden metafísico. La misma María Corina ha expresado que se trata de una guerra espiritual. Esto lo hemos visto confirmado en la proliferación de rosarios como forma de exorcizar las fuerzas oscuras invocadas por el chavismo.
Tras esto hay un factor que escapa a la mayoría de las miradas. A pesar de que no se cita a Gandhi de forma explícita, hay una gran inspiración en el concepto verdad-fuerza, Satyagraha. Dicho concepto es central en el credo del gran líder indio. Enfatiza los principios de la verdad, la tolerancia, la no-violencia y las protestas pacíficas. Es la única forma de comenzar a expulsar al virus mutante de nuestro organismo.
El principio de todo cambio social positivo es la revolución en nuestro interior. Si queremos cambiar la polis externa, debemos cambiar antes nuestra polis interna. La democracia siempre es imperfecta. La manera de perfeccionarla es asumir nuestro propio destino, es decir, vivir con integridad.
Bajo el título ‘Atar el arado a una estrella’, una versión incompleta de este artículo fue publicado en Prodavinci, el 22/10/24.