Autor nicaragüense anónimo
El mundo distrae su atención muy a menudo; pocas veces la prensa internacional comenta la situación a la cual está sometida la población nicaragüense. Nicaragua, tierra de lagos y de volcanes, es también tierra de dictaduras. A la larga dinastía de los Somoza, luego de una pausa democrática, se le montó una dinastía igualmente, o más, sangrienta, corrompida y arbitraria: la dupla Rosaro Murillo-Daniel Ortega.
Ortega, un antiguo combatiente guerrillero contra el régimen de Anastasio Somoza Debayle, dirigió el país centroamericano a la cabeza de una junta de Gobierno primero y como presidente electo después, desde 1979 a 1990, los años de la llamada revolución sandinista; dicho apelativo proviene de otro líder guerrillero que combatió al primero de los dictadores Somoza.
Luego de más de una década fuera del poder, Ortega, quien perdió las elecciones con la líder opositora Violeta Chamorro, no fue sino a través de un pacto con el líder de la oposición, llamada Contras, que regresó a la cabeza del Estado, desde donde desató una feroz persecución contra muchos de sus antiguos compañeros del FSLN, extensiva a los movimientos civiles que surgieron en la década democrática, con especial saña contra dirigentes estudiantiles y representantes de la iglesia católica, a pesar de haber hecho las paces con el cardenal Obando, acérrimo opositor de los primeros gobiernos de Ortega.
La represión contra periodistas, profesionales, estudiantes y líderes sociales, muchos provenientes de las filas del FSLN, fue un proceso creciente que pasó de la búsqueda selectiva, al allanamiento de moradas, bloqueos a diarios y estaciones de radio, así como iglesias en las diferentes parroquias eclesiásticas. Este proceso represivo fue impuesto con una serie de reformas legales, en un parlamento amañado, hijo de elecciones turbias, que aprobó como un traje a la medida una legalidad que podríamos resumir con dos principios: todos los caprichos de Rosa Murillo son de obligatorio cumplimiento y toda oposición a cualquier medida del gobierno es un atentado contra Ortega.
En semejante cuadro legal es imposible conocer el número de prisioneros; hay quien hace cálculos sobre la base de los calabozos que había antes de la llegada del nefasto binomio, pero el surgimiento de cárceles clandestinas hace presumible que entre 1500 y 2000 nicaragüenses están, hoy en prisión, muchos sin ningún procedimiento legal en curso.
¿Qué pasó, cuándo el proyecto sandinista involucionó hacia esta maquinaria de corrupción y torturas? Por supuesto que no hay fecha fija, pero el descenso a los infiernos se aceleró a medida que el poder de Rosario Murillo aumentaba.
Claro que hubo indicios de la existencia de esta deriva represiva en los primeros gobiernos de Ortega, pero también hubo muchos indicios en la dirección contraria. No en balde más de 2/3 de la llamada Asamblea Sandinista está en la oposición, la cárcel o el exilio. Algunos con la nacionalidad conculcada. Para mucha gente el proceso sandinista original fue un enorme movimiento social, armado, para la instauración de la democracia en tan bello país, pero ello se hizo imposible ante la disolución de los partidos políticos, la prohibición de la acción social de las organizaciones de masas, la organización de brigadas de choque que no solo emularon sino que superaron en violencia y arbitrariedad a las de los Somoza; todo lo anterior echó al traste los esfuerzos de los sectores democráticos del FSLN que llegaron a incorporar a la Comisión de DDHH de la OEA como asesores en la creación de la Policía Sandinista de aquellos años. Tolerancia con la corrupción, el uso creciente de la tortura y el desmantelamiento del débil y pujante Estado democrático nica, sometieron a sangre y fuego los anhelos democráticos de los propios sandinistas y de todo el espectro social y político nica.
Algo a destacar es la saña con la cual han atacado a la iglesia católica. Durante la década de los 80 la figura cimera de la oposición no armada al régimen del FSLN la encabezó la iglesia católica, en particular el entonces monseñor Obando y Bravo, a pesar de contar el FSLN con toda una corriente católica en su seno, con sacerdotes ocupando importantes cargos políticos. Esa relación pasó por diferentes instancias, incluso el ya cardenal Obando ofició en el matrimonio por la iglesia de la pareja presidencial; pero, es que también desde siempre los templos católicos nicaragüenses han sido centros del activismo social, lo que ha sido fuente de fricciones. Ni en los momentos más agudos de la guerra contra Somoza o la llamada guerra de los Contras se vio una persecución tan sistemática y tan cruel, llegándose al extremo de la detención del sacerdote Frutos Constantino Velle Salmerón, de ¡80 años! Liberado gracias a una amplia campaña internacional que incluyó al gobierno de EUA o a un excomandante sandinista, miembro de la junta de los 9 comandantes de la revolución de los años 80, también de 80 o más años. El miedo a la libertad es la goma que los pega.
El delito más común imputado a los presos políticos en Nicaragua es el de traición a la patria, excusa con la cual han metido en prisión a miles de venezolanos. La identificación ideológica de los Ortega-Murillo con el régimen de Nicolas Maduro no era ideológica, salvo en un par de consignas amarillentas, sino, sobre todo, de prácticas represivas compartidas y en el usufructo privado de los bienes públicos, en breve, la corrupción. Es triste ver la coincidencia del estado de los centros de detención en la narrativa de los liberados en Nicaragua y Venezuela, luego de la ley de Amnistía aprobada este año. Los desplazados por el hambre se abrazan con los perseguidos políticos, el uso de la anulación de la nacionalidad es una herramienta atroz, la incautación de bienes de los opositores, para beneficio de los funcionarios policiales, la violación sistemática de los derechos humanos, el asilamiento de prisioneros desaparecidos, la persecución a los familiares y un largo etcétera nos dice que la identificación entre los restos del FSLN que domina Ortega y el madurismo gobiernan con mecanismos de opresión que evocan la era del Plan Cóndor y la inteligencia compartida de las dictaduras del continente.
No están lejanos los días de la redención de tantos males, el hermoso y jovial pueblo nicaragüense merece que los gobiernos internacionales volteen hacia allá, es una mácula que ya Sandino quiso borrar en su época. Se oye a lo lejos “la Consigna” de Carlos Mejia Godoy: Hermano, dame tu mano y unidos marchemos ya, hacia el sol de la victoria, trayectoria hacia la libertad.