Luis Velásquez
Cuatro años después de la invasión a gran escala iniciada en 2022, la guerra en Ucrania ha dejado de incomodar. Ese es, quizás, el dato más inquietante. No su duración, no su violencia, sino la rapidez con la que el mundo ha aprendido a convivir con ella sin sentirse interpelado.
Ya no hay sorpresa. Hay costumbre.
Las líneas del frente apenas se mueven, y esa aparente estabilidad ha servido como coartada perfecta para la indiferencia. Pero esa quietud es una mentira conveniente. Cada día que pasa suma muertos sin nombre, ciudades degradadas y vidas suspendidas. La guerra no se ha detenido: se ha normalizado.
Rusia no necesita avanzar con rapidez para imponer su lógica. Le basta con sostener la presión, repetir el golpe, insistir hasta que la resistencia se desgaste. Drones, bombardeos, una economía reorganizada para la guerra: no es solo una estrategia militar, es una estrategia de agotamiento humano. No busca únicamente vencer, sino cansar, erosionar, hacer que vivir se vuelva cada vez más difícil.
Ucrania resiste, pero resistir no es infinito. La narrativa heroica, tan útil al inicio del conflicto, empieza a ocultar una realidad más incómoda: una sociedad que se agota, que depende del exterior y que paga cada día un costo que no siempre se ve desde fuera. La guerra ya no ocurre solo en el frente, ocurre en los hospitales saturados, en sistemas eléctricos colapsados, en hogares donde la incertidumbre dejó de ser excepcional para convertirse en rutina.
Y, sin embargo, el mundo mira hacia otro lado.
No es que no sepamos lo que ocurre. Es que hemos decidido que ya no merece nuestra atención sostenida. Ucrania compite hoy por atención con otras crisis, como si el sufrimiento pudiera jerarquizarse sin consecuencias. El resultado es predecible: menos urgencia, menos presión, menos voluntad real de cambiar el curso de los acontecimientos.
Esa indiferencia no es neutral. Es una forma de abandono.
Mientras tanto, el conflicto sigue reconfigurando el equilibrio internacional. Europa habla de autonomía estratégica, pero sigue dependiendo en gran medida de Estados Unidos. Washington sostiene a Ucrania, pero mide cada paso para evitar una confrontación directa con Rusia. No se trata solo de apoyar: se trata de calcular riesgos.
Y en ese cálculo, Ucrania no siempre es el centro. A veces es la variable.
Esa realidad expone algo más profundo: el orden internacional no solo está tensionado, está fragmentado. No existe una lectura compartida de la guerra. Para algunos países, es una agresión inaceptable; para otros, un conflicto lejano; para otros más, una oportunidad en medio del desorden global.
El resultado no es ambigüedad. Es conveniencia.
En ese escenario, las instituciones multilaterales revelan su impotencia. Diseñadas para evitar conflictos de esta magnitud, hoy quedan atrapadas en bloqueos políticos que las vuelven irrelevantes. No arbitran, no resuelven, no contienen. Observan.
Y el tiempo sigue pasando.
Las perspectivas no invitan al optimismo. La prolongación del conflicto no es un riesgo: es la tendencia dominante, una guerra larga, de bajo movimiento y alto costo humano, que se acumula en silencio. Se puede hablar de congelamiento, de negociación, de salidas parciales, pero ninguna de esas opciones altera el hecho central: no hay, por ahora, voluntad ni condiciones para una resolución real.
Lo verdaderamente peligroso no es que la guerra continúe. Es que deje de importarnos.
Porque cuando el sufrimiento pierde su capacidad de generar reacción, se produce una degradación más profunda. No solo fallan las estrategias o la diplomacia, falla el umbral moral.
Y ahí es donde esta guerra deja de ser solo una tragedia ucraniana.
Se convierte en la medida de nuestra indiferencia.
Muy bueno.